El largo domingo (I)

jueves, 31 de julio de 2008

Para mí no tiene sentido contar esta historia ahora que estoy muerto, pero debo hacerlo por el descanso eterno, que no llega. Lo hice un viernes, lo de morirme, y para el sábado me estaba agobiando todo el mundo. Parecia un personaje de Jose Luis Cuerda sin poder morirme en paz. Hoy es domingo, el día perfecto para escribir toda la historia y poder mandársela el lunes a mi editor. El también me llamo ayer, varias veces, dejando mensajes en el contestador como un loco. “Me debes una historia, cabrón, no te mueras que me hundes en la miseria” Decía en uno de los últimos con voz de trapo, afectado por el alcohol. Yo también bebo. A veces mucho. Pero ya menos. Cuando estaba en Inglaterra me emborrachaba todas las noches. Al principio lo hacía por el día, pero era algo que no iba conmigo. Prefería las noches.

Estaba allí trabajando para aquel periodicucho y debía entregar un artículo por día. Los temas iban desde avistamientos de ovnis hasta nanotecnología. Me inventaba cada uno de los artículos. Al director no parecía importarle, incluso me animaba a escribir esas historias. Cuando más extravagantes y más grotescas, más le gustaban, pidiendome más detalles. Details, Serggo, details, me decía. A mi director también le gustaba beber. Bueno, el siempre hacía esos gestos de como el que bebe por obligación, poniendo carazas y maldiciendo. Antes de comprarme un ordenador iba a la redacción todos las mañanas para escribir los artículos. Entraba a las 9 y cuando salía a las 4 ya iba borracho. Patrick siempre tenía bebida en la redacción. Encima llevaba un petaca forrada de cuero con sus iniciales gravadas (regalo de su 2º mujer). De vez en cuando se pasaba por mi mesa y me dejaba la petaca en la bandeja de entrada. Yo daba un trago y la dejaba en la de salida. Cuando él pasaba, pegaba otro trago y la dejaba en la de entrada. Así todo el día. Eran unas borracheras largas, de resistencia. Dosificábamos el alcohol para que fuera un delirio sostenido. Ni demasiado flojo para sucumbir a la modorra, ni demasiado fuerte como para subirse a una mesa y bajarse los pantalones. Era la técnica de Patrick. Lo hacía, decía, para poder empezar el día bebiendo y poder beber todo el día y llevar una vida más o menos normal, es decir, mantener un trabajo y follar de vez en cuando. Pero a mi esas borracheras no me sentaban bien. Yo cuando bebo quiero bebérmelo todo. Quiero estar cada vez más borracho. Las borracheras sostenidas de Patrick me sumían en una tristeza sensitiva y en un cansancio perpetuo. Cuando llegaba a casa para lo único que tenía fuerzas era para sentarme delante del televisor a beber cerveza con Andy, uno en cada lado del sofá y las latas de cerveza en medio. A las 8 para cuando llegaban los demás foreingstudents a cenar, yo ya estaba en la cama borracho perdido. Llevaba un perfecto horario inglés.

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