Lo hice, lo de morirme, simplemente deseándolo mucho. Me dí cuenta de que estaba muerto porque no me podía levantar. Se había esfumado el dominio de mi cuerpo. Estaba consciente, si, pero de una manera peculiar, lenta, pastosa. Quizá lo hice de puro aburrimiento, lo de morirme, digo. Quizá de agonía, no lo se muy bien. Me gusta dudar, lo noto aún, que dudo, aún estando muerto, no que me guste. Eso lo pienso sarcásticamente. Me gusta reirme de mí, poco, lo reconozco, pero a veces no puedo parar de reir de pura gracia que me hago. Es lo que tengo.
largo domingo(II)
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08:04 p.m.
Un músico vive la vida inténsamente. Transforma sus sentimientos en música, los, digamos -aquí acompaña las palabras con un gesto de la mano- proyecta. Un escritor es diferente, es, no sé, más pausado. Menos intenso... -deja colgadas las palabras.
Sergio estaba intentado no decir lo que realmente pensaba. Aunque en el fondo estaba deseándo decirlo, le pasaba que no sabía como. Sergio pensaba, en realidad, que los músicos (¿que es un músico?) eran unos hijosdeputa muy intensos y que siempre estaban de juerga en juerga, rodeados de tias buenas y pasándoselo en grande. Los escritores son diferentes. Un escritor se levanta por la mañana, escribe, hace lo que sea, come, contempla, reflexiona, escribe, y así todo el tiempo.
Fonso lo mira. La música no tiene la barrera del idioma -dice circunspecto- es más facil expresarla, sale más directa hacía el mundo. Por eso es más intensa.
Son unos salvajes -dice Tasha- Escribir es más elevado.
Fonso se pregunta si estará de broma, con esta bolchevique nunca se sabe. Después piensa que solo tiene gracia por la forma en que lo ha dicho, como asqueada de toda la situación. También piensa que si le ha hecho gracía eso, está más perdido de lo que creía. Rusa maledetta
Tasha se levanta para servirse. Tasha bebía calimocho. Cuando no le quedaba vino se hacía la mezcla con cualquier cosa. Ron o Martini, a veces Vodka. Cuando bebía demasiado le salían unas manchas rojas en las mejillas que le daban el aspecto de una Heidi trasnochada rubia.
La pintura -dice cojiendo una botella al azar- es el arte verdadero. La máxima expresión.
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El largo domingo (I)
Para mí no tiene sentido contar esta historia ahora que estoy muerto, pero debo hacerlo por el descanso eterno, que no llega. Lo hice un viernes, lo de morirme, y para el sábado me estaba agobiando todo el mundo. Parecia un personaje de Jose Luis Cuerda sin poder morirme en paz. Hoy es domingo, el día perfecto para escribir toda la historia y poder mandársela el lunes a mi editor. El también me llamo ayer, varias veces, dejando mensajes en el contestador como un loco. “Me debes una historia, cabrón, no te mueras que me hundes en la miseria” Decía en uno de los últimos con voz de trapo, afectado por el alcohol. Yo también bebo. A veces mucho. Pero ya menos. Cuando estaba en Inglaterra me emborrachaba todas las noches. Al principio lo hacía por el día, pero era algo que no iba conmigo. Prefería las noches.
Estaba allí trabajando para aquel periodicucho y debía entregar un artículo por día. Los temas iban desde avistamientos de ovnis hasta nanotecnología. Me inventaba cada uno de los artículos. Al director no parecía importarle, incluso me animaba a escribir esas historias. Cuando más extravagantes y más grotescas, más le gustaban, pidiendome más detalles. Details, Serggo, details, me decía. A mi director también le gustaba beber. Bueno, el siempre hacía esos gestos de como el que bebe por obligación, poniendo carazas y maldiciendo. Antes de comprarme un ordenador iba a la redacción todos las mañanas para escribir los artículos. Entraba a las 9 y cuando salía a las 4 ya iba borracho. Patrick siempre tenía bebida en la redacción. Encima llevaba un petaca forrada de cuero con sus iniciales gravadas (regalo de su 2º mujer). De vez en cuando se pasaba por mi mesa y me dejaba la petaca en la bandeja de entrada. Yo daba un trago y la dejaba en la de salida. Cuando él pasaba, pegaba otro trago y la dejaba en la de entrada. Así todo el día. Eran unas borracheras largas, de resistencia. Dosificábamos el alcohol para que fuera un delirio sostenido. Ni demasiado flojo para sucumbir a la modorra, ni demasiado fuerte como para subirse a una mesa y bajarse los pantalones. Era la técnica de Patrick. Lo hacía, decía, para poder empezar el día bebiendo y poder beber todo el día y llevar una vida más o menos normal, es decir, mantener un trabajo y follar de vez en cuando. Pero a mi esas borracheras no me sentaban bien. Yo cuando bebo quiero bebérmelo todo. Quiero estar cada vez más borracho. Las borracheras sostenidas de Patrick me sumían en una tristeza sensitiva y en un cansancio perpetuo. Cuando llegaba a casa para lo único que tenía fuerzas era para sentarme delante del televisor a beber cerveza con Andy, uno en cada lado del sofá y las latas de cerveza en medio. A las 8 para cuando llegaban los demás foreingstudents a cenar, yo ya estaba en la cama borracho perdido. Llevaba un perfecto horario inglés.
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